SIN PAREDES





    “Bajé la mirada y vi a Don Juan sentado debajo de mi; muy por debajo de mi. El impulso me hizo dar otro paso, aún más elástico y más largo que el precedente. Y entonces me elevé. Recuerdo haber descendido una vez; entonces di un empujón con ambos pies, salté hacia atrás y me deslicé sobre mi espalda. Veía el cielo oscuro sobre mi y las nubes que pasaban a mi lado. Moví bruscamente el cuerpo para poder mirar hacia abajo. Vi la masa oscura de las montañas. Mi velocidad era extraordinaria. Después de aprender a maniobrar volviendo la cabeza, experimenté tal libertad y velocidad como nunca había conocido antes”.

  Finalmente se creyó obligado a descender. Amanecía; estaba desnudo y se encontraba a media milla de donde había partido. Castaneda preguntó a su maestro. “Don Juan, ¿he volado de verdad?”. A lo que el chaman respondió: “Eso es lo que tú me has dicho. ¿No es verdad ?”.
 

(Carlos Castaneda. "Las enseñanzas de Don Juan")

 

    Al salir por la puerta del edificio de oficinas de la fábrica, un rayo, del sol ya crepuscular, me cegó por un instante. Me paré y contemplé por un momento los colores pastel que tomaban las nubes y los rayos de sol que se escapaban de entre ellas como brazos que trataban de agarrarse a una tierra cada vez mas alejada. Con una mueca de sarcasmo me dije: “Nunca creí que desde esta fabrica se pudiese ver algo bonito”. Después de saborear por un momento la escena de este cuadro pintado sobre un lienzo azul celeste, saqué las gafas de sol del bolsillo de la chaqueta. Acerque lentamente las gafas a mis ojos para  dar tiempo a que la imagen se tatuase en mis retinas como en otras tantas ocasiones en las que tratamos que aquello que se refleja en nuestros ojos quede grabado para siempre en nuestra mente. Un avión esta volando cruzando el cielo azul y claro.

  Voy en el coche camino de casa. A un lado y a otro de mi se encuentra el horizonte, sereno, inmutable, siempre distante. Me siento libre. Quiero seguir libre. Pero ¿como?. ¿No os habéis parado a pensar que nos pasamos toda la vida prisioneros entre cuatro paredes?. Nos despertamos entre las paredes de nuestra casa. Salimos para ir a estudiar o trabajar entre otras paredes. ¿Y después qué?, ¡más paredes!. Ahora estas en casa escuchando la radio, entre paredes. Al otro lado del receptor hay otra persona, entre pareces. Incluso cuando decides pasearte por la noche valenciana, es inútil, finalmente acabas entre la paredes de un pub. Ya estoy llegando a casa y me tendré que introducir en su vientre cuadrado de cuatro paredes. Me gustaría que llegara el día que no tuviera que ir y venir a cuatro paredes. me gustaría viajar algún día a un destino en el que no existan límites. Hoy es viernes, sé que hoy es el día en que mi deseo se cumplirá.

  Son las diez de la noche y me encuentro tumbado sobre mi amplia cama de cuerpo y medio. ¡Que gran idea las camas de cuerpo y medio!. Una persona se puede tumbar y revolcar sobre ella a sus anchas. Y aunque dos personas no estén tan a sus anchas no por ello están menos cómodas. Sobre el colchón firme y duro de la cama me es fácil relajar mis músculos y saborear su cómoda hospitalidad.

  Relajado, tranquilo y sereno, así me siento ahora mientras dejo correr mis pensamientos y mis ojos entre abiertos. Me quedo hipnotizado por la simetría en la que están apiladas las carpetas de apuntes que se encuentran en frente de mi, arriba del armario. Al igual que el tronco de un árbol puede darnos una idea de los años que tiene, por los anillos de madera que se sedimentan en él año tras año, las carpetas de apuntes pueden dar una idea de mis años invertidos en el estudio. Cada año significa un nuevo anillo de madera sedimentada  convertida primero en papel y más tarde en apuntes por mi. Cuento las filas: “una fila, dos filas, tres filas...”. Al recorrer con la vista cada fila vienen a mi los recuerdos de cada uno de los años introduciéndome así año tras año en el tronco de mi memoria, donde los recuerdos también se sedimentan año tras año.

  Me pesan los párpados y los entorno en un lento pero progresivo descenso que se ve acompasado por él de mis pupilas que ahora se deslizan sobre las oscuras vetas de madera del armario. Las vetas de nogal oscuro trazan una red de caminos convergentes aveces, y divergentes otras, a lo largo de las puertas. Mis ojos se dejan conducir por el sinuoso trazado descendiente de estos caminos. Ahora tomo un desvío hacia la derecha y sigo hasta un cruce en el que cambio de sentido para bordear como en una circunvalación el pomo dorado de la puerta. Me sigo deslizando, ahora a más velocidad, hacia abajo como si la mirada estuviese en caída libre. Finalmente llego al suelo formado por el horizonte de la cama. Pero mis inquietos ojos buscan nuevos caminos en los que continuar su particular “travesía” ajena a mi voluntad. Moviéndose hacia la izquierda ahora siguen los caminos formados por las vetas de la madera de las estanterías. Ahora el viaje de mi mirada es a través de un camino mas vistoso en colores y formas. Como él de las calles de una ciudad de edificios de fachada rectangulares y estrechas. Todas las fachadas tienen carteles en las que se puede leer el título del libro. Mi travesía particular me conduce por calles muy diversas. En la calle de las ciencias hay cabida desde ciencias ocultas como la astrología y la ufología hasta las claras y exactas como la informática. Del mundo de las ciencias al mundo de las artes. Del mundo de Sofía y su recorrido a través de la escarpada historia de la filosofía a las llanuras frondosas de los Campos de Castilla de Machado. Del arte desenfadado del querer personal del Gran Wyoming al arte sarcástico de los cuadros o tablas de Flandes de Arturo Pérez-Reverte. Del hablar mudo de las letras a la melodía y ruido de la música. Porque la música también tiene sus calles y avenidas en mis estanterías. Al igual que con los libros la música es muy variada. Desde las letras espontaneas de los Planetas a las más tormentosas de Fernando Alfaro y Javier Corcovado. Desde las melodías lánguidas de Polar al ruido sucio de las guitarras de Jesus and Mary Chain. Es la música que me gusta. Es la música que ahora llega a mis oídos después de que mis ojos se hubieran cerrado por completo. la música procede de la radio que está situada sobre la mesa de trabajo compartiendo espacio con bolígrafos, revistas, diccionarios, cintas de música y un sin fin de papeles.

  Dejando mis sentidos a merced de la música, la ATROPINA acaba por conquistar mi cuerpo y sus efectos estallan en mi como una vorágine que pone a flor de piel todos mis sentidos primero para entumecerlos después dejándome caer en un sueño pesado a través de un oscuro pasillo por el que viajo a gran velocidad. A un extremo del pasillo se encuentran los sentidos de mi cuerpo inerte, al otro lado los sentidos me permiten recrearme experimentando una sensación embriagadora de volar.

  Vuelo a través de las nubes multicolor de un atardecer. Pongo rumbo al horizonte bordeando los rayos de sol que se filtran entre las nubes. Desciendo rápidamente hasta tener muy próximo el suelo y remonto justo a tiempo para seguir en vuelo rasante por encima de las azoteas grises de los edificios de una ciudad. Sobre cada una de las azoteas se distingue una enorme letra: Q-W-E-R-T-Y. Reconozco estos edificios como las letras del teclado de mi ordenador, un Pentium de sobremesa con monitor color de 14 pulgadas y módem. No es casualidad que en estos momentos me decida visitarlo ya que gracias a él también viajo a un mundo sin paredes ni fronteras. Con internet he podido visitar países lejanos para conseguir noticias, y hablar con su gente.

  Sigo volando cruzando valles, sobrevolando montañas, mares, ciudades, acantilados, lagos, llanuras... Me siento libre y muy bien. La velocidad es cada vez mayor y me dirijo hacia el resplandor del sol. El sol me da calor, un calor tibio, y me alumbra , más bien me ciega. Me alumbra hasta perder la vista y la conciencia de todo lo que me rodea.

  Abro los ojos y una luz tenue alumbra mi rostro. Me incorporo en la cama y me doy cuenta que una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi cara. Aun me siento eufórico y tengo ganas de contarle lo que acabo de vivir a alguien. ¡Era todo tan real!. Me gustaria que alguien me sacara de dudas. Pero seria inútil a lo sumo su respuesta seria: “Eso es lo que tú me has dicho. ¿No es verdad ?”.
 

Enrique .